Sabemos que la mayoría de los que leíais este blog ya no lo hacéis porque sabéis que hemos vuelto a casa y que ya no seguimos dando tumbos por Asia; pero todo lo que empieza ha de acabarse. Nuestro frenético paso por la India no nos permitió tener las ganas y la calma mental para escribir lo que estábamos viviendo, y quizás una vez pasado un tiempo daremos una opinión sobre ella menos visceral de la que hubiéramos dado entonces, completamente aturrullados por las circunstancias.
Cruzamos la frontera entre Camboya y Tailandia por quizás uno de los pasos fronterizos más transitados de Asia. No debido al turismo, sino por los casinos “de estrangis” que hay entre el paso fronterizo camboyano y el tailandés, atractivo indiscutible para los ricachones tailandeses, que buscan ganar dinero con la práctica de una actividad ilegal en su país. A pesar de todo, el paso fronterizo es tranquilo y lo más agradable de todo es que no hay que pagar ni un duro para entrar en Tailandia – se agradece después de habernos dejado tanto dinero en impuestos al turista.
Desde Bangkok, que nos ofreció una experiencia reducida a un viaje en taxi – en el que no dudaron en ofrecernos insistentemente espectáculos de sexo en vivo – , una hora debajo de un tejado esperando a que pasara una tormenta y una noche en un hotel cerca del aeropuerto, cogimos un avión hacia Calcuta. No negaremos que estábamos bastante nerviosos por nuestra llegada a la India. Sobre todo Margara, obsesionada por comprarse ropa ancha para que no la miraran ni tocaran los indios.
El plan era pasar en Calcuta una sola noche. Y menos mal que no más! Nada más llegar al aeropuerto y tras evitar que nos estafaran muchísimo para llevarnos al centro de la ciudad, cogimos un taxi en el que vivimos el trayecto de más tensión del viaje. Cómo es posible que no se maten conduciendo así! El número de habitantes de Calcuta es desconocido, se sabe que está entre 14 y 20 millones de personas. Imaginad ahora a toda esa gente conduciendo, sin tener en cuenta los carriles, sin semáforos, y con la creencia de que cuanto más se peguen al de delante mejor; en definitiva, que cuanto menos sigan las normas de la circulación, más rápido llegarán.
Infinitos claxons sonando a la vez, miseria y más miseria, basura y más basura. A pesar de las muchas sonrisas en las caras de la gente, sean pobres o ricos, y sus ganas de vivir, Calcuta te hace sentir ganas de huir. Menos mal que encontramos un pequeño refugio en los jardines del Victoria Memorial, donde pasamos casi toda la tarde, evitando pensar en el momento de volver a enfrentarnos a la jungla de la ciudad.
Menos mal que un día más tarde, Varanasi nos hizo reconciliarnos con la India…
P. D. No, no hay fotos de las calles de Calcuta. Ni nos atrevimos a sacar la cámara! :(




Jijiji, sabía yo que tarde o temprano llegaría este post. Bueno, la verdad que las fotos que ponéis son increibles (sobre todo la tuya Margui con el chubasquero, jeje), pero es cierto que hay que ver también el otro lado, toda esa miseria y pobreza, porque la verdad que cuando hablé contigo Margui, vi que era algo que te habia marcado, y por tanto, al igual que los más bellos monumentos, debe ser algo también necesario de conocer. Pues nada, ahora sólo confío en que os esté yendo todo de maravilla por England, y ya me contaréis.
Nos vemos!!
Luis