Tras nuestra corta pero intensa estancia en Ho Chi Minh City, cogimos un autobús hacia Vinh Long junto a Marta y Aitor, nuestros amigos vascos. Vinh Long es un pequeño pueblo en el centro del delta del río Mekong, en frente de un conjunto de islas que los sedimentos y el curso del río han ido formando a lo largo del tiempo, y que ahora están habitadas por pequeñas casas, en su mayoría de madera.
El plan inicial consistía en pasar dos noches en Vinh Long y otra noche en Cantho, donde se puede visitar un famoso mercado flotante, pero debido a la repentina enfermedad de Marta que la tuvo en cama un par de días, decidimos quedarnos un día más en Vinh Long y dejar tiempo para que Marta se recuperara.
Cuando nuestro autobús de Ho Chi Minh City llegó al pueblo, y tras el ya rutinario regateo con los locales para llevarnos al hotel donde habíamos pensado quedarnos, cayó la noche y Vinh Long echó el cierre. No habíamos comido en muchas horas y buscamos desesperadamente a alguien que nos diera de comer. Tras pasear por las oscuras calles del poblado, donde sólo las cucarachas se dejaban ver, encontramos a una mujer en frente de su casa, donde aún quedaba un grupo de chavales que terminaban de saborear la comida en los tipiquísimos pequeños banquitos rojos de plástico de Vietnam (cualquiera pensaría que sólo puede llegar a sentarse allí un niño de parvulario). Tras llevarnos las manos a la boca en señal de “comida, por favor”, nos ofreció los “manjares” que ofrecía en su pequeño hogar. La comida más asquerosa que hemos probado en todo el viaje. Gambas disecadas, verdura avinagrada, y como plato fuerte un arroz caldoso e insípido, recocido una y otra vez. Dan, que tiene un estómago de oro – y también de hierro – pudo comerse el arroz, pero el resto no probó bocado. Así son las cosas, unas veces se tiene suerte y otras no :P
Al día siguiente, y una vez con la barriga llena, dejamos a Marta en la cama y los demás nos fuimos a pasear y hacer fotos por Vinh Long. Es uno de esos pocos pueblos en la ruta turística en los que aún guardan la inocencia hacia el turista. Sonrisas y saludos, cordialidad sin ánimo de lucro. Algo que ya no esperábamos encontrar en Vietnam. Paseamos por sus sucias calles y su mercado de mil y un olores, comimos nuestro primer “elephant fish” frito y nos refugiamos de la torrencial lluvia que cayó hacia la tarde. Además, también aprovechamos para negociar con Nam, a quien conocimos en el puerto, uno de los planes estrella de nuestro viaje: un homestay en una de las casas de las islas.



Nam, conductor y propietario de un barquito de madera muy apañado, nos recogió a las 7 de la mañana en nuestro hotel. Visitamos el mercado flotante, donde mayoristas en barcos enormes vendían a los locales fruta y verdura para vender en los pequeños mercaditos que hay en el pueblo; fuimos a una confitería donde vimos cómo hacían los típicos dulces de la zona y el papel y las palomitas de arroz (sí! existen las palomitas de arroz!); comimos en un restaurante donde pudimos descansar en unas hamacas comodísimas, y paseamos en bici por una de las islas, rodeados de un paisaje tropical increíblemente bonito. Tras caer la tarde, Nam nos llevó a casa de su cuñada, donde viven también sus hermanas y donde pasaríamos la noche. Allí pasamos el resto de la tarde y cenamos nuestro enésimo “elephant fish”, típico de la zona. Como sorpresa, nos llevó a pescar al río de noche. Marta y Margara fueron con ilusión, pero ésta se esfumó tras descubrir que Nam no contaba con ellas para la pesca: es una tarea destinada únicamente a los hombres! Evidentemente, sin la ayuda femenina los “machos” no pescaron ni un pez. Bueno, Nam uno, pero él ya tiene mucha experiencia y no cuenta :P







Al volver de pescar nos encontramos con nuestro lugar para dormir. Una pareja dormiría en un dormitorio privado, y la otra en una especie de cama-tablón de madera en medio del pasillo. Evidentemente, al estar Marta enferma, dejamos que ellos durmieran en la cama “buena” y pasamos una de las peores noches que recordamos. Dormir encima de una tabla, con unas almohadas de 20 centímetros de grosor no es muy agradable. Y menos cuando cada media hora el bebé de Nam (monísimo, por cierto), nos despertaba llorando. Le perdonamos porque el pobre había cogido fiebre y porque llevaba un pijamita rojo que le sentaba muy bien :) Lo más fuerte es que para bajarle la fiebre le metieron en mitad de la noche en el río, pero en la zona que hay en frente de la casa, que son aguas estancadas en las que tiran de todo. Esta gente tiene un sistema inmunológico envidiable!

El día siguiente empezó temprano: algunas mujeres de la casa se despiertan a las 4 de la mañana para ir al mercado. Dormitamos hasta las 8 y cogimos de nuevo el barco de vuelta a Vinh Long, donde nos esperaba el autobús que nos llevaría hasta Chau Doc, la frontera con Camboya!
